Mi vecindario

Vivo en una maravillosa isla francesa, ubicada en el Océano Indico que se llama Reunión. El pueblo donde resido está en una pronunciada ladera; es como si la montaña hubiese estado apurada por dejar el mar, cuando el volcán decidió abandonar el fondo marino.
La casa donde vivo queda ubicada, más o menos en la mitad de una larga calle que es, obviamente, eternamente empinada y pesada, cuando se trata de subirla. Sin embargo, esa misma cuesta se vuelve maravillosa cada día, cuando me permite asomar, todas las mañanas, la cabeza al mar y disfrutar, asimismo, de sus enrojecedores atardeceres. Subiendo desde casa, algunas manzanas, encontraremos un pequeño templo hindú, lleno de colorido, como todos ellos. El templo lo preside, radiante y omnipresente, Shiva; diosa de los dioses hindúes.Bajando de casa, hacia el mar, doblando a la izquierda, en la primera esquina y después de dos manzanas, hay un precioso templo chino, que mi ignorancia hizo, cuando lo vi la primera vez, que lo confundiese con un restaurante muy grande, causando la carcajada colectiva de quien me acompañaba, que resultó proporcional a mi vergüenza. Desde ahí, simplemente apuntando la visión hacia el mar, descubriremos, la majestuosa torre central que junto a las dos cúpulas, conforman una preciosa mezquita. De ella, parten diariamente dos llamadas a la oración, una alrededor de la 1 y otra alrededor de las 5, llenando el pueblo de eco, con su reclamo.
En mis continuos paseos por estas calles, me cruzo con diferentes lugareños y nos saludamos, casi mecánicamente. Cosas de pueblos pequeños y rutinas diarias; después de un tiempo, nos vemos familiares los unos a los otros. El resultado es maravilloso porque al final, todos; los criollos, los “malbares” de origen Indio, los malgaches de Madagascar, los “zarabes” musulmanes en general, los chinos y los “zoreilles” franceses europeos, además de algún extranjero, como yo, convivimos perfectamente en esta mágica isla de 207 kilómetros de circunferencia.
Es por todo esto que el otro día, sentado sobre la arena, disfrutando del maravilloso Océano Indico, bajo un cielo esplendido y totalmente despejado, recordé aquello de la guerra de las civilizaciones, y pensé ¿Cómo le podría explicar semejante disparate a cualquiera de mis vecinos? Decidí, entonces, que en vez de intentarlo, aprendería más de ellos, para tratar, en el futuro, de no volver a equivocarme de restaurante.

