El infierno existe y es eterno

Tenía la inmensa suerte de despertarme por las mañanas y ver el cielo desde la cama; siempre azul, lo que me ayudaba a quitar la modorra y me empujaba a dejar la cama. Cuando tenía el primer tiempo disponible, me abalanzaba sobre los periódicos, ávido de información. Y como la mayoría de los mortales, leía las noticias con un extraño filtro que me permitía tolerar guerras, maridos asesinos, desastres naturales y hasta alguna eventual buena noticia. Pero desde el pasado lunes vivo en un estado de zozobra tal que he perdido el sueño, tengo un hambre permanente y hasta he dejado de bañarme. Todo comenzó cuando me enfrenté a la noticia de que “el papa Benedicto XVI durante una misa celebrada el pasado fin de semana en la Iglesia Santa Felicidad e Hijos Mártires de Roma, dijo que en el mundo moderno mucha gente, incluidos algunos creyentes, se han olvidado que si no "admiten la culpa y la promesa de no volver a pecar", se arriesgan a una "condena eterna, el Infierno". Y claro, empiezas a acojonarte, y lo que antes era un cielo azulado espectacular ahora se convierte en un horizonte gris lleno de nubarrones negros. ¿Pero Ud. se ha dado cuenta del alcance de semejante afirmación? ¡El infierno existe y es eterno! Que no estamos hablando de una mala racha. No, no, estamos hablando, ni más ni menos que de la eternidad - que no de un matrimonio - y en el infierno – sin salir de casa, vamos -.
Yo no puedo esconder que he pecado y mucho. Pero como me he arrepentido y mucho también, pues por mi parte, no veo mayor problema. Sin embargo, cuando pienso en todos esos curas pederastas que no solo no se han arrepentido sino que continúan negándolo, ahí si que me entra un miedo en el cuerpo que a ver quien es el valiente. Cuando me viene a la memoria que el bueno del Ratzinguer pasó, en su juventud por las SS nazis – que no los Boys Scouts - es normal que se me ponga la carne de gallina. Y cuando recuerdo que Juan Pablo II prohibió el uso del preservativo mientras en África el SIDA hacía estragos; que me entran escalofríos no puede ser una exageración. Y ya puestos, las preguntas se suceden sin cesar y; ¿En que abrasador infierno estará Paul Marcinkus, el ex-presidente del Banco del Vaticano cuando el caso Banco Ambrosiano? ¿O será un gélido invierno el que acoja al cardenal Jean-Marie Villot, señalado por todos, de haber envenenado a Juan-Pablo I? Para rematar la faena, como torero en la arena, nuestro Benedicto, no se corta un pelo e "invita a los fieles católicos a seguir como ejemplo el comportamiento de Jesús"; fue entonces cuando me tuve que sentar producto de la tembladera que me sacudió las piernas, solo de pensar en todo el personal que incumple esto, fundamentalmente en la Ciudad del Vaticano. Después de eso las preguntas fueron otras como, ¿Qué dimensiones tendrá el Infierno? ¿Será suficientemente amplio para recibir a todos o habrá que recalificar alguna parcela?
Mi venerado Benedicto, dígame que todo fue una broma de mal gusto. Que lo cegó la resaca sabatina o que el marisco estaba pasado. Que lo embargó la emoción de ver tantos clientes en la plaza de San Pedro. Lo que sea, pero niegue la amenaza. Solo así volvería a recuperar el sueño, podría bañarme con toda tranquilidad y dejaría de comer compulsivamente. Y lo más importante, de esa manera, tendría de nuevo la oportunidad, al abrir los ojos cada mañana, de disfrutar del majestuoso espectáculo que me regala ese inmenso cielo azul que ilumina el Océano Índico.





